1 de agosto de 2013

Espejo

I

Eran cerca de las diez de la noche, llevaba en el aeropuerto noventa minutos y aún le quedaba más de media hora para que su avión saliera. Ya no sabía como matar el tiempo. Había agotado todas las posibilidades, leer, comer, comprar, leer otra vez, abrir su Facebook y ver todas las actualizaciones de sus quinientos amigos, salir a tomar el aire y prepararse un cigarro. Ya no tenía escapatoria, ahora solo le quedaba pensar sobre su vida. Algo que, por otra parte, siempre intentaba evitar.

Se sentó en el único banco que había libre. Sacó su iPhone y se puso a escuchar música. Tras un rato, donde las canciones se limitaban a una banda sonora, su cabeza comenzó a nublarse, a distraerse.

II

En el avión miró por la ventana, pero la oscuridad de la noche hizo que se viera como si de un espejo se tratara. Por fin se vio, allí estaba. Su mente empezaba a funcionar, tanto que tuvo que cerrar los ojos y apoyar su cabeza en el respaldo. En seguida notó que el avión se movía y su rebelde flequillo se situó tapando parte de su cara.

III

Lo único que encontró fue humo.

1 de marzo de 2013

Terapia

"¡Adrián! ¿Qué tal estás? ¿Te acuerdas de que hablamos de componer un musical? Pues que te parece..."

Gracias, a mucha gente.

16 de febrero de 2012

Unlucky stiff

Con unos amigos hablé de un empeño. Como ya algunos hemos acabado nuestra carrera, y a otros les queda poco, empezamos a jugar:

Decidimos comprar un pequeño teatro y se nos ocurrió ponerle de nombre Anastasia. Teatro Anastasia. Además pensamos en que podría ser una academia de Bellas Artes. Que se enseñe música, pintura, danza... y las artes dramáticas.

El teatro tendría su propia orquesta, su compañía de teatro y ballet, habría compositores que escribieran óperas, sinfonías, música de cámara, y ¿por qué no? musicales también; y... luego vino mi madre a levantar la persiana de mi cuarto y me gritó: A desayunar.

2 de febrero de 2012

Pupila de águila

[...] Igor acusó el impacto de aquellas palabras. Y una vez más en vez de reaccionar contra ellas, en vez de buscar una respuesta o, al menos, una salida airosa, se replegó dentro de sí mismo, empequeñeciéndose poco a poco ante la mirada de aquella chica con la que tan agusto se sentía. Cuando se dio cuenta, ya estaba acurrucado en el pliege más oculto de su caparazón. [...]

Y algo de eso debió percibir Martina, porque de pronto comenzó a asustarse.
- ¡Igor! -grito-. ¡Igor! ¿Estás bien? ¡Dime algo! ¡Habla!

Abandonó su asiento y se sentó junto a Igor, que era presa de una agitación; lo cogió con firmeza y lo zarandeó varias veces. Igor era un muñeco de trapo.


(Alfredo Gómez Cerdá-Pupila de águila)